Paralelas

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Paralelas

René Cloir, 2020

Colectivo Palabra, México

 

Gran paradoja es la vida del hombre. Es un ente irremediablemente social, gregario; no puede concebírsele sin su prole, sin su tribu, sin su pueblo, sin el otro y, pese a ello, transita el mundo en soledad: solo anda el mundo, caminando entre multitudes. ¿Por qué? ¿Cuál es el origen de esa paradoja? Esa soledad, ese estar solo en el mundo, tiene que ver con la negación del otro, con la recíproca negación que el hombre hace del hombre.

La antropología nos ha mostrado cómo el hombre construye su identidad de manera relacional: el hombre es en la exacta dimensión de la suma de sus relaciones con los otros, con lo otro. Pero también ha dado cuenta de la manera en la que la condición moderna y posmoderna niega esa identidad relacional en pos de la individuación del sujeto. Identidad relacional versus identidad individualizada. El sujeto es individuo en y por oposición necesaria a los otros, nos dicen, por lo menos desde la modernidad. Pero la cosa no termina ahí; la presunta preponderancia del individuo moderno frente al arcaico trastoca prácticamente todos los ámbitos, sobre todo el emocional. La condición moderna se funda en esa negación de los vínculos emocionales.

De ahí que, en su estar en el mundo, el hombre no termina por reconocerse en el otro, su relación se haya enajenada: respecto del otro, no puede existirlo y, respecto de sí, no puede existirse. 

¿Y el amor?, ese acto mutuo y generosamente ontológico, dador de ser (Cortázar, 1995), ¿también inexiste en la paradójica relación individualizada del hombre moderno? Tristemente sí, tal parece que idéntica condición se dibuja o desdibuja en la relación emocional de hombres y mujeres…

“Estar solo es en definitiva estar solo dentro de cierto plano en el que otras soledades podrían comunicarse con nosotros si la cosa fuese posible. Puesto que había pensado en los poetas era fácil acordarse de todos los que habían denunciado la soledad del hombre junto al hombre, la irrisoria comedia de los saludos, el «perdón» al cruzarse en la escalera, el asiento que se cede a las señoras en el metro, la confraternidad en la política y los deportes (…) Los contactos en la acción y la raza y el oficio y la cama y la cancha, eran contactos de ramas y hojas que se entrecruzan y acarician de árbol a árbol, mientras los troncos alzan desdeñosos sus paralelas inconciliables.” (Cortázar, 1995)

Hoy, sea en la modernidad individualizada, sea en la posmodernidad líquida, hombres y mujeres andan el mundo, ya sin reconocerse, sin sentirse. Sus vidas marchan siempre equidistantes, desdeñosas, cual “paralelas inconciliables” (Cortázar, 1995).

En este andar entre paralelas, René Cloir se pregunta ¿Cómo dar cuenta de esa separación hasta hacer que las líneas cambien dirección y se aproximen más y más hasta que dos sean una? 

Es un intento añejo el suyo. En Voces del aula y sus muros (Cloir, 2004) intenta que las voces del aula (niños y adultos haciéndose presentes, existiéndose en los márgenes y confines del aula) sean el vehículo para la fusión de paralelas; más recientemente, en Detrás del espejo (Cloir, 2014) realiza un nuevo intento donde las paralelas persisten, pero pueden ser trastocadas mirando detrás y más allá del espejo, en la historia vital, en la cotidianeidad.

Cloir ha pensado con imaginación geométrica y visual −y también ingenuamente− que el lugar donde estas se unen es la perspectiva: Si dos paralelas son vistas en perspectiva, hay un punto lejano − en el horizonte − en el que estas se unen. Pero esa interpretación no basta. No ha bastado. 

La distancia que separa las paralelas es habitada por tercos inquilinos − intrusos fortuitos algunos − y son ellos quienes hacen pensable o no que las paralelas finalmente se unan.

En Paralelas, y en renovado intento, son esas voces quienes hablan, quienes nos hablan.

 

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