Remembranzas


Recuerdo que mi mamá en segundo de primaria, habló con la directora para que me asignara al grupo de la profesora Dorita, porque tenía fama de buena maestra, exigente, controlaba a su grupo, lo hacía trabajar y dejaba mucha tarea por lo que los niños salían bien preparados; pero que suerte la mía cuando llegué a formar parte de ese grupo quería morirme, recuerdo que para empezar entrábamos a las siete de la mañana, porque según la maestra así se aprovechaba mejor el día (claro ella era una solterona y no tenía que hacer en su casa), al llegar al aula ya teníamos que estar todos sentaditos y si andar jugando nos jalaba de la oreja , después nos revisaba la tarea y si la hacíamos incompleta o mal nos jalaba la patilla y nos gritaba “¡Niña zonza! ¿Qué no te fijas?”; y si era lunes nos revisaba el diario que teníamos que llevar firmado por nuestros padres en donde ellos anotaban si habíamos ayudado en casa, cómo nos habíamos portado, si habíamos hablado mal de alguien, etc., y si aparecía alguna nota mala nos paraba en medio del patio con las manos extendidas y un libro en cada mano.

Nos había infundido miedo, por eso ni nos movíamos; recuerdo también que nunca tuvimos un recreo niñas y niños bordábamos y tejíamos por igual durante ese horario, claro ella decía, “¡Pero no se preocupen, pueden comer mientras trabajan!”, esa era su consideración.

Pero lo peor no fue eso, sino el día que a ella le tocó organizar el acto cívico, se luciría como nunca, pues tenía que cuidar su imagen de la “mejor maestra”, recuerdo que nos dejó aprendernos una poesía, que ensayábamos cinco veces al día durante tres semanas, ya no las sabíamos al revés y al derecho pues primero no las había tomado a uno por uno; en fin el día llegó, nuestros uniformes tenían que ir relucientes, las mujeres teníamos que llevar calcetas nuevas iguales, los hombres una corbata igual aunque no se usaba, además le dio la consigna a una madre de familia de peinar a todas las niñas igual, por cierto que nos estiró tanto el cabello que me dolía la cabeza igual que a muchas de mis compañeras, el momento llegó y la declamación fue anunciada, yo tenía que iniciar, pero eran tantos mis nervios, que solo veía sus ojos sobre mí, no sabía qué hacer entonces me agache no dije nada y ella me gritó “¡Amelia!, ¡¿Qué te pasa?!”, no contesté, entonces les dijo a todo el grupo continúen... Y nadie dijo nada... Se empezó a poner roja, les gritó nuevamente “¡Inicien ustedes sin Amelia!”.

Nadie dijo nada, a muchos se nos llenaron los ojos de lágrimas; entonces ella ofreció disculpas y nos retiró. En el salón ¡Para qué les cuento, no quiero ni acordarme!, menos de cinco golpes en la cabeza no me dio, a muchos nos pellizcó, y desde ahí jamás nos volvió a dirigir la palabra sólo nos ponía ejercicios y planas en el pizarrón y hacía señas para calificar.

Hoy, si supiera que se encuentra cerca de mí, ni siquiera voltearía a verla, tan sólo el mirarla me haría mucho daño.

* Texto enviado a nuestro correo electrónico con el rubro:  «Anónimo, por temor a la maestra que sé aún vive».

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