De la escuela, a la comunidad de aprendizaje


Por Braulio Alfaro Lemus.

(Publicado en Palabra, el maestro en el hacer de la historia No. 51)

De cada mil niños que entran a Primaria, sólo cuatro se titulan al terminar su carrera profesional. ¿Qué pasa con las otras 996 personas que vieron truncadas sus esperanzas de llegar a la meta? ¿Podemos hacer algo para ayudarlas? Ante la crisis de nuestro sistema educativo, es necesario cuestionarnos si podemos hacer algo más desde nuestro rol social.
Como estudiantes, docentes, trabajadoras o madres de familia podemos tener diferentes visiones, pero también intereses encontrados. Nuestra historia personal nos puede llevar a comprender mejor algunos problemas: las cosas de la escuela que no nos gustaron desde la primaria, la rebelión en la secundaria, el descubrimiento de la complejidad de la vida en el bachillerato, las primeras responsabilidades, la inserción laboral, los proyectos de vida sin pareja o ya con ella, las dificultades para elegir carrera, los costos económicos, académicos y emocionales para terminar una carrera o el ingreso al sistema educativo, como maestras, trabajadores o como padres de familia. Si analizamos la relación que hemos tenido con la institución escolar, encontraremos múltiples dificultades. Algunas las superamos razonablemente y otras pueden llevarnos años. Pero quizás algunas todavía no las superamos, al igual que otras personas que ya no están en el sistema escolar.
La escuela no puede satisfacer a toda la gente, ya que como institución, esta enmarcada en estructuras sociales, que responden a intereses del gobierno estatal y federal. A expectativas económicas, sociales, culturales, emocionales, políticas, académicas, e incluso, inconscientes.
¿Cómo podemos hacer algo con esta problemática tan compleja desde nuestro pequeño espacio de acción, como sujeto social?
La propuesta de Georges Lapassade y Rene Loureau (Francia, 1968) consiste en recuperar nuestro poder instituyente. En asumirnos como los agentes de cambio dentro de la institución, aunque la Dirección se resista y nos reprima, dependiendo de cómo se da la micropolítica en la institución (“los modos en que se dirigen, modifican, organizan y defienden las escuelas, ideas que articulan las opiniones y perspectivas de los profesores...) .
Cuando una institución entra en crisis, llega un momento en que tiene que suspender su actividad normal y dedicarle un espacio a la reflexión colectiva. Este es llamado el “Dispositivo analizador” y se encarga de clarificar la “demanda” de la institución para proceder a la intervención. En este momento, es donde se puede potenciar el poder instituyente de la asamblea general y modificar radicalmente la institución, llegando de hecho, hasta la autogestión . A veces estos procesos se dan de forma empírica, pero conforme se estudian, se pueden optimizar. En otras escuelas, prefieren “administrar el conflicto” y negociar entre los actores, cayendo en complicidades y simulaciones, para no entrar en rupturas y enfrentamientos que se vuelvan incontrolables. Se negocia la comodidad y seguridad del cheque quincenal, a cambio de la coexistencia pacífica; aunque se siga deteriorando la escuela como comunidad de aprendizaje.
Si bien las instituciones tiene su propia dinámica interna, no olvidemos que están para servirnos, aunque a veces estén tan burocratizadas que parezca kafkiano lograrlo. Por eso hay que buscar llegar al límite de nuestras posibilidades de transformación. Si nuestra historia personal nos brindó el conocimiento profundo de la institución escolar, podemos ubicar ahora sus debilidades, sus prejuicios, su laberinto burocrático con atajos y callejones sin salida, su micropolítica, su currículum oculto; en fin, conocemos su lado oscuro, pero también su lado utópico: sus posibilidades de cambiar el futuro, a pesar de todo. Podemos hacer historia, pero tenemos que pasar del análisis, a la acción, al diálogo y a la reflexión.
Como sujetos, podemos analizar cómo la escuela nos formó para el pasado. La sociedad del futuro se encamina al fortalecimiento del sector cuaternario o informacional. A toda persona que no pueda manejar el internet y los diversos programas de computación, quedará excluida de la sociedad informática. Las nuevas habilidades que se requieren son “la selección y el procesamiento de la información, la autonomía, la capacidad para tomar decisiones, el trabajo en grupo, la polivalencia, la flexibilidad...”
Pero este proceso de formación ya no se puede dar sólo de manera personal. Ahora las formas de socializar el conocimiento y el trabajo en equipo nos pueden ampliar los horizontes y proporcionar medios que de otra forma serían inconseguibles. Se requiere dejar el individualismo y asumirnos como parte de una comunidad. Reconocer la pertenencia puede clarificar los intereses y los objetivos, pero además nos permite la congregación con las personas dispuestas a intentarlo, a perseverar hasta lograr resultados, y a potenciar las fuerzas de cambio dentro de la institución escolar.
Si como estudiantes no aprendimos a trabajar como equipo, todavía se puede ensayar, también desde el rol de docente o padre de familia. La interacción entre todos los actores nos permite reorientar la institución y posibilita corregir fallas y plantear nuevas metas o estrategias.
Retomando a Habermas (1987) cuando plantea que todas las personas son capaces de comunicarse y generar acciones, se puede construir un consenso alrededor de cómo podría mejorarse la institución y el aprendizaje de los implicados. Puede ser a partir de una necesidad pequeña y práctica, como por ejemplo, manejar una computadora para escribir un ensayo. O para algo más complejo, como elaborar un Plan Estratégico de Transformación Escolar.
Algunos autores como Ramón Flecha, proponen pasar del aprendizaje significativo al aprendizaje dialógico. Si ahora ya se trabajan opciones al constructivismo, conviene conocerlas y experimentarlas, finalmente un mejoramiento constante solo se logra con la innovación de aquello, que ya no responda a las necesidades, cada vez más cambiantes de nuestro entorno.
Flecha propone siete principios para el aprendizaje dialógico, que se presentan adaptados:
1.- El diálogo igualitario. Asumirnos como parte de una comunidad escolar nos puede llevar a la corresponsabilidad de los resultados, pero hay que reformular las relaciones de poder: si los directivos se niegan a escuchar las nuevas propuestas, desde su autoridad formal; se requiere hacerles ver que no se pelea el poder, sino se ofrece una ayuda para lograr mejores resultados, que finalmente el entorno los asocia a su administración. Pero el diálogo igualitario también requiere de la prudencia y la fraternidad, requiere de condiciones de interacción que se tienen que trabajar entre todos los integrantes de la escuela. Sin avasallamientos y sin prepotencia.
2.- La inteligencia cultural. La pluralidad de dimensiones de la interacción humana requiere desarrollar una capacidad para resolver problemas de relaciones, que permitan la comunicación y acción necesarias, para llegar a los consensos y trabajos necesarios que requiere el cambio de la escuela y el aprendizaje.
3.- La transformación. Cuando se prefiere el cambio a la adaptación, se retoma el papel de sujeto, se apuesta al futuro cuando el presente no ha funcionado. Paulo Freire (1997) demostró que no somos sujetos de adaptación, sino de transformación. Con su trabajo en Brasil con las comunidades más pobres, logró una educación de calidad que cambió la vida de personas sin recursos, pero con deseos.
4.- La dimensión instrumental. Si la falta de recursos se traduce en falta de instrumentos de aprendizaje, también se puede dar un aprendizaje dialógico sobre gestión, elaboración y uso de instrumentos de aprendizaje y material didáctico. Las necesidades de la comunidad escolar se pueden satisfacer con acciones colectivas: computadoras rotativas o libros comunes, administrados como biblioteca, posibilitan otras actividades; que optimizan lo poco que se tenga. Pero también el diálogo fomenta la creatividad entre todos, sobre como conseguir más recursos.
5.- La creación de sentido. Cuando se estudia por una motivación externa, (más sueldo, mejor trabajo, status, poder, prestigio, pareja, etc.) se corre el riesgo de ser, en función de otros. De ir por la vida según lo que vaya saliendo. De no tener un sentido propio de vida. De no lograr la autonomía.
En nuestra sociedad consumista, la tentación de tener suele cambiar la preocupación por ser, en algo abstracto y metafísico. Los demás ven el auto último modelo, mucho más fácil que el desarrollo de habilidades cognitivas. Pero definitivamente, con un sentido propio, las personas pueden tener una motivación que no dependa de otras gentes, puede llegar a la autonomía educativa y sicológica.
Por eso es una prioridad formar un sentido propio en la comunidad escolar, para que pueda transformarse en una comunidad de aprendizaje.
6.- La solidaridad. Si en cada nivel educativo se da le exclusión de un gran número de estudiantes, solo con la solidaridad podremos crear opciones entre todos. Por ejemplo, las cuotas de inscripción en las escuelas. Se repite tanto el esquema, que llega a parecer lógico y necesario. Pero si nos planteáramos innovar la gestión de recursos, podríamos eliminar el esquema de cuotas “voluntarias” con las madres de familia. Si se trabaja en un programa de becas para casos especiales, la solidaridad puede volverse institucional.
7.- La igualdad de diferencias. La diversidad que se da en las escuelas, lleva a tratar de uniformar a las personas, fomentando la exclusión y la represión institucional. Cuando se reconoce el derecho a ser diferente, se requiere cambiar el trabajo para posibilitar llegar a sus metas a cada quien. Por ejemplo, con los alumnos, la curiosidad puede motivar un aprendizaje mas profundo, pero si se exige a todos el mismo conocimiento, ya serán excluidos varios, al final del ciclo con su boleta de no promovidos. Trabajar la diferencia con igualdad de oportunidades es más difícil, pero es lo que necesitan 996 alumnos de cada 1000 que no logran terminar una carrera profesional.
Con los anteriores principios, se pueden trazar metas a lograr en las escuelas para transformarlas en comunidades de aprendizaje.
La organización de docentes; en colectivos, equipos, redes de intercambio, foros virtuales, movimientos, etc. Puede potenciar su poder instituyente para transformar las prácticas áulicas, aunque la institución escolar se resista al cambio en otros espacios; TGA, Consejo Técnico, Juntas de trabajo en la Dirección, Juntas con padres de familia, etc.
Pero también bajo estos principios se pueden generar otras formas de aprendizaje en la misma escuela; por ejemplo: Talleres extracurriculares; como la Comunidad de indagación filosófica entre los estudiantes asesorados por docentes (propuesta en USA de Matthew Lipman, 1975), actividades que relacionan a la escuela con el entorno: Boletín impreso escolar, Correspondencia escolar (propuesta en Francia de Celestin Freinet, 1935), Movimiento para enseñar a pensar en las escuelas (propuesta en Venezuela del Dr. Luis Alberto Machado, 1979), etc.
En fin, por que no retomar experiencias de otros lugares, que han vuelto a la escuela en un centro de aprendizaje que rebasa los salones y la proyectan al exterior, estableciendo nuevas dinámicas que la enriquecen.
Si nuestro sistema educativo está en el último lugar de las evaluaciones de la OCDE y en el lugar 49 de la Evaluación PISA a nivel mundial, me parece que es necesario un debate a nivel nacional sobre propuestas de mejora, pero no para ridiculizar a los oponentes, sino para generar propuestas y experimentar, a pesar de las múltiples dificultades que se presenten.
Aquí se pueden conjuntar investigadores educativos, colectivos de docentes y asociaciones de padres de familia para establecer proyectos particulares consensuados. Se pueden establecer redes de comunicación entre personas interesadas en cambiar el sistema educativo. Se pueden hacer visitas de observación a escuelas que ya están intentando un proyecto alternativo.
Y lo mejor, es que podemos iniciar comunidades de aprendizaje creando escuelas diferentes a las populares, particulares y oficiales: escuelas autónomas. O incluso, algo más radical, escuelas anarquistas.

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