Educar en la cultura de la resiliencia


Por Elisa Bertha Velázquez Rodríguez

Dra. En Filosofía
Investigadora del Programa de Doctorado
En Ciencias de la Educación en el ISCEEM

(Publicado en "Palabra, el maestro en el hacer de la historia No. 52)

El maltrato infanto-juvenil en la sociedad mexicana es un fenómeno de intolerancia y exclusión, una degradación de la dimensión ética y política y un despliegue de control y sometimiento a la diferencia.
El maltrato infantil deja huellas inevitablemente difíciles de borrar, hasta cierto punto, indelebles, que en la vida futura del sujeto maltratado se reeditarán en comportamientos psicopatológicos. En las familias, por lo menos una vez, alguno de sus integrantes ha sido maltratado, ya sea por medio de lenguaje o de golpes. Si es con lenguaje, determinadas palabras son imágenes acústicas que habitan para siempre en la vida psíquica, si es por medio de golpes, no queda impreso como en película fotográfica el acontecimiento de una mano autoritaria que inflige dolor, sino la marca acústica, la imagen suspendida en el silencio de la eternidad, que amenaza con la disolución del ser. Se plasma el significante del golpe, un significante que es recurrente mediante una imagen que puede estar asociada con un objeto, una persona, una circunstancia, una historia o con nada y se presenta como una pesadilla persecutoria. Vamos a comprender que un sujeto maltratado es vulnerable a todo estímulo externo e interno a su aparato psíquico, de tal forma que debilita su cuerpo a través de sintomatizaciones leves y graves; se ve invadido por histerias y neurosis obsesivas, fobias y estallidos psicóticos, que se enmascaran con discursos de omnipotencia y de saberes sofisticados, discursos que se remiten irremediablemente a lenguajes delirantes.
También las mentiras son las representantes de eventos traumáticos, sabemos que algunos niños y jóvenes practican las mentiras como estados de realidad, que incorporadas al discurso cotidiano con el cual interaccionan con otros individuos, establecen relaciones amistosas, amorosas, sexuales, y de reconocimiento, pero con frecuencia son relaciones fantasmales de corta duración, producto de los espejismos en donde el actor de la mentira es el protagonista de una intensa historia que gratifica enormemente.

A raíz de un trauma, dice Cyrulnik “ El embotamiento de nuestras representaciones hace que el mundo se vuelva incomprensible porque la obnubilación nos fija en un detalle que significa la muerte inminente…a tal punto que llega a oscurecer el resto del mundo” (Cyrulnik: 2003, 67)
Después de un trauma, el sujeto se queda anclado en el acontecimiento, y sus representaciones se disocian de la conciencia, penetrando al manto del inconsciente de donde emergen a la piel del lenguaje para grabarse como significantes vacíos, forcluyendo la cadena linguística. El trauma conduce a la muerte psíquica, a menos que se implemente una acción de salvamento que se llama Resiliencia.
Entre maltrato y trauma, existe una relación simbiótica y bipolar en el portador de este síndrome, Trauma que desde el griego significa “herida” y deriva como “perforación”, designa las consecuencias sobre el conjunto del organismo de una lesión resultante de una violencia externa. Dice Freud:

Llamamos así a una experiencia vivida que aporta, en poco tiempo, un aumento tan grande de excitación a la vida psíquica, que fracasa su liquidación o su elaboración por los medios normales y habituales, lo que inevitablemente da lugar a trastornos duraderos en el funcionamiento energético. (Freud: 1895, 235 ).

Un acontecimiento violento (una emoción intensa) que resulta intolerable para la organización del aparato psíquico, se convierte en una representación inconsciente intolerable.

El maltrato es un fenómeno que se presenta en la familia; es una acción que deja huellas, destinadas a fluir circularmente en una atmósfera patógena, convocada por madres esquizo-paranoides y padres perversos, cuyos estados alucinatorios en el momento de producir la herida en el receptor del maltrato, ponen en presente las fantasías originarias de la hija devoradora y del hijo parricida, poniendo en marcha la escena del padre perverso ante el cuerpo inerte de un hijo culpable, que es una representación inconsciente que sin mediación de lenguaje, atraviesa el pasaje al acto. En el mismo horizonte, del imaginario, aparece la madre fálica, dueña del cuerpo y el alma de su hija después de un forcejeo de hechicería, donde previamente, la hija amenazaba a la madre con la manducación.
Las representaciones patológicas presentadas en grupos de pares:
Perverso vs. Neurótico y Esquizo-Paranoide vs. Histérica, hacen pensar en el circuito alucinatorio de las familias borderline, aquellas que tienden a borrar los límites que marca la prohibición del incesto, el derecho a la intimidad, a los secretos propios de cada hijo e hija, a la diferencia sexual y el respeto del cuerpo de cada integrante.
Más allá de las fantasías originarias que se representan en cada acción del maltrato familiar, desencadenadas en ocasiones, por la intolerancia a la diferencia sexual, es del saber público que existe también maltrato al cuerpo de la mujer desde la segregación en la Grecia Antigua hasta constituirse en un problema de micropolítica en la modernidad, reforzado por la intolerancia y la exclusión a lo diferente.
Del maltrato a la exclusión parece que no hay opción para elegir. Si bien es cierto que el maltrato conlleva el trauma y el deterioro psíquico de quien lo padece, la exclusión atenta contra la dignidad humana, de tal suerte que lacera la condición de la existencia.
La exclusión implica el maltrato, ahora en su modalidad política, es decir, el maltrato político manifiesto en la desterritorialización de los pueblos, de la guerra, de las persecuciones, los exilios y el genocidio, nos llevan a comprender que además de los traumas infantiles provocados en la familia, existen traumas infantiles en situaciones extremas, de riesgo político. Una situación extrema es un escenario donde el sujeto se convierte en vulnerable ante el poder del Otro, está a merced del Estado, de los gobiernos, del poder de las armas o del capital que determinan su desplazamiento a geografías inhóspitas y cambios radicales de sus regímenes alimenticios, expuestos a los climas extremos y a los virus ambientales. En nuestro país, si bien es cierto que no tenemos en este momento la experiencia de la guerra y el exilio, sí hemos saboreado la violencia de género, de la persecución de los que piensan diferente a la hegemonía ideológica, y en casos extremos del México contemporáneo, nos hemos enfrentado al genocidio. De todo esto podemos decir que es la vergüenza del siglo XX, pero el siglo XXI abre el telón para que se asomen las masacres de niños y niñas, masacres psíquicas y de cuerpos reales. Cuando los niños y niñas son expulsados de un sitio y buscan sobrevivir en el intento de llegar a otro lugar, tal vez lo consiguen, sin embargo, dice Cyrulnik :

Todas esas personas que desembarcan en un país, [estado o colonia], del que no conocen a menudo ni la lengua ni los ritos, reciben un aluvión de traumas: el duelo, la miseria, la humillación administrativa, el fracaso escolar, la dificultad de integración mediante el trabajo.(Cyrulnik: 2006, 11)

La fragilización de niños y jóvenes ante situaciones de riesgo nos lleva a la presuposición que el trauma existe desde el inicio del fenómeno político, adicionado seguramente a los traumas preexistentes en la primera infancia. Estamos hablando de dos momentos traumáticos: los inherentes al medio familiar y los externos de orden político-económico. Lo cual plantea el reto de tomar decisiones como educadores. Por un lado hacer que la escuela sea un centro de restauración psíquica y de investigación, por cada uno de nosotros en el campo de la Resiliencia.

Ante el panorama expuesto para los niños y jóvenes de nuestra sociedad, el método de la Resiliencia es una alternativa para restaurar las heridas psíquicas que provocan los desgarros traumáticos, aún cuando el entorno y los contextos puedan hacer suturas de las agresiones y golpes reales. Cuando se evoca el trauma en la representación de lo sucedido, surge un relato íntimo de la persona afectada, un relato que porta la intensidad del acontecimiento, del hecho mismo, trayéndolo a escena por medio de palabras. Y con el relato se produce una elaboración personal de quien narra. Acercarse al afectado para que la palabra pueda elaborar el trauma, modificando la representación de la herida es un trabajo psicoanalítico, en el que el analista sale de su encuadre riguroso para trasladarse al sitio donde está el sufriente. Más allá del consultorio analítico y del hospital especializado, la Resiliencia es una alternativa de salud mental que parte de la clínica y trasciende a lo político en su tarea de reparar el daño a los individuos que han sido violentados. Es una nueva visión de la salud mental, desde una visión integradora de conocimientos de frontera puesto que el problema se genera de la interacción del sujeto con sus determinantes externos y con su propia estructura psíquica.
El sentido de la educación en el mundo contemporáneo, se enfrenta a una diáspora que plantea la inutilidad de enseñar contenidos de planes y programas de estudio, apelando al uso exclusivo de la razón, cuando la realidad subjetiva de cada persona y económica - política de los pueblos nos rebasa.
Cuando un niño es maltratado, su comportamiento inmediato y futuro será violento, por la razón de que la pulsión destructiva del adulto fue vaciada en él, de tal suerte que al suprimir el recurso del lenguaje, la carga pulsional late en su interior y su comportamiento está signado bajo este código. Es difícil suponer que el niño maltratado se encontrará un nuevo destino en el camino de su vida. Si no hay ayuda de los otros mediante la escucha, el acompañamiento y sobre todo en el ejercicio de la narración, no existe maneras de transformar la pulsión de muerte en el deseo de reparar el daño del maltrato.
En el mismo sentido, la exclusión como el grado extremos de la intolerancia, que practican los gobiernos totalitarios, se ha convertido desde hace décadas en una práctica educativa, más aún, permea la vida cotidiana de las aulas, y son los profesores que bajo mecanismos inconscientes incorporan este modelo devastador para el sujeto. Cuando se liquida la capacidad de escucha, y se imponen verdades encubiertas con discursos de saber, al unísono de la voz que inunda los espacios del aula, los sujetos no tienen más recurso que someterse a la violenta seducción del discurso del que posee la palabra. El maestro puede cambiar el código de relación con su alumno, lo que no implica la supresión del conocimiento en la producción enseñanza-aprendizaje. El código consiste en propiciar la narración de los sujetos violentados, en escuchar su historia y en implementar el apego que es una categoría del método de la resiliencia. El apego es el acompañamiento incondicional, el estar ahí, y sobre todo, dar por hecho que la subjetividad de ambos existe. La resiliencia es el acompañamiento a la subjetividad del otro, y es darle certeza que su maestro está dispuesto a marchar junto a él, al menos durante el periodo escolar.
Esta es una propuesta de hacer resiliencia en nuestras aulas, no importa el nivel en el que ejerzamos la docencia, y que se ponga al descubierto que el sujeto infanto-juvenil violento tiene una sola causa de su comportamiento: el maltrato. Después de la explicación conceptual, corresponde el turno para la ética, es decir, el deber y el placer de ayudar a restaurar en lo psíquico a los sujetos afectados en nuestra sociedad.

En torno a la intervención resiliente en el aula, sabemos que existen niños y niñas maltratados por sus padres, y muchos otros desplazados por los conflictos político-religiosos, sobre todo en algunos estados de la República- Estos infantes presentan el síndrome del maltrato que transita desde la depresión hasta las lesiones óseas que es característica número uno del síndrome. La depresión es la respuesta a la pérdida: de un familiar, de estabilidad emocional, de equilibrio económico, de expulsión escolar, de desplazamiento territorial, de cambio psico - fisiológico ( de la niñez a la juventud ), de represión política y de persecución. Ante este conflicto, la Resiliencia propone la reunión de cuerpos colegiados de profesionales formados en psicoanálisis, psicología, antropología, pedagogía, lingüística, sociología y especialistas en arte, que se sensibilicen con el dolor del otro y se comprometan a la atención del sujeto maltratado.
El modus operandi de la Resiliencia establece dos principios fundamentales: la escucha y el apego por medio del acompañamiento. Se trata de no abandonar al sujeto del trauma, y provocar en el marco de estos principios, la narración y el relato de su historia traumática, para reparar y restaurar la conciencia desgarrada por la violencia. La intención es formar en las escuelas grupos de profesores y profesoras que puedan apoyar al alumnado en estado crítico, independientemente de sus tareas como profesionales de la educación. Están en la escuela, el perseguido, el excluido, el humillado, el golpeado y el omitido, es el sujeto que nos recuerda nuestra propia vulnerabilidad ante el poder crudo del Otro, y sobre todo, anuncia que hay una amenaza real de aniquilación a la humanidad. Nuestra función como profesionales de la educación es impedir que la violencia destroce psíquicamente a los individuos, más que un compromiso ético de principios de siglo XXI, o del ideal victoriano de una moral cristiana, es el deseo imperativo de seguir existiendo.

Bibliografía

Barudy Jorge. Hijas E Hijos De Madres Resilientes. Gedisa, Barcelona 2006.

Cyrulnik Boris. El Murmullo De Los Fantasmas. Gedisa, Barcelona 2003.

------------------------ La Maravilla Del Dolor. Granica Ensayo. Argentina, 2007-

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