Violencia familiar y contexto de la violencia


Validación de la violencia en la familia
Mtra. Ofelia Desatnik*
* UNAM-FES Iztacala

(Publicado en "Palabra el maestroen el hacer de la historia No. 53)

En este texto vamos a hablar de la violencia familiar, así como de los contextos en los que se conecta, se mantiene y se valida, influyendo en la vida de las personas, en sus creencias, sus relaciones, afectos, vinculaciones, en un proceso que conecta las vidas personales con las comunitarias actuales y a través de generaciones.
Nos preguntamos si el tema de la violencia es nuevo, o bien si hemos agotado las distintas formas de denunciarla, de hacerla visible y de confrontarla. Hablar de la violencia es abrir la posibilidad de combatirla, es una propuesta de resistencia ante la violencia, ante sus manifestaciones, sus causas y consecuencias.
La experiencia de la violencia nos invade en muchas esferas de la vida personal, familiar y social. Es importante plantear que además de lo grave de la violencia, sus efectos y consecuencias en distintas áreas de la convivencia humana, en el desarrollo personal y social, en el bienestar y en la salud, existe una diferencia significativa cuando hablamos de violencia doméstica, violencia intrafamiliar, en la cual, la violencia contra las mujeres y los niños salta a la vista como un problema muy serio, con implicaciones no sólo para la mujer violentada sino también para sus hijos, su familia y para la comunidad en general. Sin embargo, no quisiera reducir este planteamiento a hablar solamente de la violencia doméstica, como si ésta se iniciara y terminara en el ámbito de lo familiar, sin estar contextualizada en un tiempo y espacio, dentro de una cultura con premisas y valoraciones acerca de lo que debe o no debe ser y desde donde son evaluadas las distinta acciones, actitudes y valores que guían la vida de las personas, el concepto que forman de sí mismas y de sus familias, el lugar que ocupan o que pueden ocupar en la sociedad.
Históricamente se ha cuestionado mucho la idea de si la violencia se manejaba como un asunto relacionado al ámbito de lo público o de lo privado, en qué medida era privativo de la familia regular o sancionar la violencia, y en qué medida esta era permitida y dentro de qué límites.
Gracias a los debates, movimientos y luchas de distintos grupos y de distintos sectores de la población, muchas veces minorías, que han cuestionado las construcciones y costumbres de la sociedad patriarcal y de los procesos de socialización, con base en las diferencias de género, edad, capacidad, ocupación, entre otras, se ha ido modificando la conceptualización de la violencia, de sus causas y consecuencias, de los aspectos implicados en su presencia y mantenimiento, así como en su validación. Algunas de estas propuestas cuestionadas implicaban la naturalización de la violencia, asumiendo que tenía un carácter natural, incluso propio de la biología y de la especie. Esta definición de la violencia como algo natural, como un aspecto biológico del comportamiento tiene implicaciones importantes en la posibilidad de controlarla, regularla y sancionarla, ya que al desmitificar su aspecto biológico, la coloca en un rango de no control, de acto involuntario que lejos de favorecer su manejo, impide encontrar formas de regularla. Además, el lugar de la víctima se reforzaba, surgiendo la doble victimización, ya que también se han mencionado argumentos acerca de las características de las víctimas, de su lugar asignado, que más bien lo perpetúan. Relacionado a este tema surgieron también concepciones deterministas, donde se ha hablado de perfiles de víctima o victimario, de factores del desarrollo psicológico que lo perpetúan o lo predicen, que más bien tienen como función un determinismo que fija de manera inamovible el lugar de las personas y su imposibilidad de moverse de ahí.
Otras explicaciones de la violencia igualmente simplificadoras se refieren a las características de sanción y regulación del comportamiento de los demás, ya sea de mayores a menores, de hombres a mujeres, atribuyendo un poder a unos sobre otros, que finalmente ha dado un aval a las relaciones de poder y a las relaciones violentas
Aquí es importante la comprensión de las premisas culturales, gran parte de ellas provenientes de las premisas que guían y se derivan de las concepciones patriarcales que tienen un poder sobre cómo se manejan las relaciones personales, por ejemplo, respecto a la propiedad y / o autoridad de unos sobre otros (propiedad de la mujer o de los hijos) donde se atribuyen derechos sobre la vida de los demás, sin que haya cuestionamiento de este poder. Esto tiene una serie de efectos importantes no sólo en la acción de la violencia sino en la validación de ésta, pues está considerada como válida dentro de las reglas y concepciones patriarcales acerca de la propiedad del otro, de la supremacía del otro. Por ejemplo, en muchos casos donde algunos familiares, por ejemplo hijas que piden ayuda a sus padres por estar sometidas a la violencia ya sea del esposo o de la familia de éste, la concepción de “ya ser de otro” impide que estos padres intervengan para apoyar o servir como una red de apoyo a sus propias hijas. Esto va asociado a otras premisas culturales igualmente poderosas que hablan de la fragilidad de las mujeres o bien de la imposibilidad de que éstas vivan solas sin la “protección” de un esposo, padre, etc. Asimismo, las premisas culturales acerca de las características y roles masculinos, los comportamientos esperados de acuerdo a la socialización de género, perpetúan percepciones rígidas que se imponen sobre las relaciones de pareja, familiares y sociales en general. Cuando éstas reflejan roles rígidos, inamovibles, polarizados y complementarios donde se privilegia a unos y se somete a otros con base en las relaciones de poder, observamos la propensión a la violencia, al aislamiento y al silenciamiento de quienes participan en esta situación. Incluso se plantea que quienes son testigos de la violencia, por ejemplo, niños que observan la violencia conyugal, también son víctimas de ésta y pueden manifestar las consecuencias que surgen de la violencia.
En tanto no se cuestionen estas premisas culturales, seguirán fungiendo como contextos de las relaciones familiares y sociales que van a dificultar cambios en la forma de concebir las relaciones de poder, la provocación de la violencia.
Otro aspecto que tiene que ver con el contexto de la violencia se refiere a la relación que guarda la definición de violencia familiar como escenario en el que ocurren muchos de los comportamientos violentos.
La definición de violencia familiar se refiere a cualquier acción u omisión cometida en el seno de la familia y o en el marco de relaciones de pareja pasadas o presentes, que menoscabe la integridad física, psíquica o cualquier otro derecho ingerente a la persona humana (Beñarán, 1997).
En esta definición se incluye:
Los diversos tipos de agresiones que una persona puede inflingir a otra y que incluye la pérdida de la vida, golpes, amenazas, pérdida de la libertad. Los diversos ámbitos de impacto de estos daños: físicos, emocional, sexual, moral, económico.
Los contextos relacionales de víctima y agresor que se enmarcan en un concepto amplio de familia incluyendo vínculos no formales, pero afectivamente significativos para las personas (novios, exparejas).
Aunque los golpes son las formas más evidentes del daño que ejerce la violencia, éstos son sólo una parte de un continuo que va desde las amenazas verbales, insultos y cuyo impacto sobrepasa el ámbito del cuerpo y de lo visible, ya que incluye a la persona como totalidad.
La violencia en el seno familiar tiene la especificidad de ocurrir en un ambiente de cercanía, que se forma expresamente bajo los límites de la unión, la confianza. En nuestra cultura implica un imaginario social con expectativas individuales y colectivas respecto a lo que este vínculo constituye o debe constituir, que establece la permanencia de la relación en el tiempo y espacio, de alta confiabilidad y que aseguran por definición cuidado, sostén y afecto. Si a este vínculo se le añade el que se dé en el ámbito de la pareja, incluye además la intimidad, expectativas de entrega y cercanía física y emocional (Fassler, 1999).
El ejercicio de la violencia en el contexto familiar, transgrede las finalidades mismas de los vínculos de cercanía, cuya esencia es la solidaridad, colocando a las personas en una situación paradojal de la cual es muy difícil escapar. La relación familiar es definida desde lo contextual como relación de cuidado, significado que se refuerza por los mensajes de afecto del agresor que simultáneamente son negadas por las conductas violentas.
Ante la agresión por personas de la familia y específicamente de la pareja, viene la angustia, el estrés, el temor, aunados a la confusión que dificulta a la persona victimada validar sus emociones por ejemplo de enojo, y de juicios (valorar la conducta agresiva como algo inaceptable) para poder iniciar acciones que lleven a cambios en la situación y en la experiencia. Esta confusión de emociones se da dado que se mezcla la definición misma del vínculo como afectiva, de confianza y cuidado, con los sentimientos de enojo, que desde la definición de la familia serían inaceptables.
Aquí podríamos añadir las construcciones sociales acerca de ser mujer, esposa, madre; acerca de la familia, su unión y conservación, así como las metas y valores que en la cultura se exaltan y que influyen en las formas de convivencia y de ubicación personal tanto actual como relacionada al proyecto de vida. Es por esto, que ante las premisas en las que una gran parte de mujeres y de hombres han sido educados, se ven imposibilitados de actuar de manera diferente, por ejemplo, en contra de los agresores, debido a que serían desleales al rol que les ha sido asignado y que es valorado además como venerable muchas veces. Esta lealtad no es sólo con el rol asignado en abstracto, dentro de la cultura, sino que ubica a la persona como rebelde o desleal ante las mismas mujeres u hombres de la familia que no pudieron, no supieron o a las que no se les permitió modificar su destino en el circuito de la violencia.
En este caso, se da una probabilidad de que las mujeres y hombres que han decidido modificar los circuitos de la violencia tengan que oponerse a un modo de relaciones establecidas por la sociedad y en particular por sus familias, pero, además dificultan la identificación con sus padres, ya sea que se considere una dificultad para identificarse con las víctimas o con los agresores.
Un aspecto muy importante de mencionar, sin cuestionar la gravedad e inaceptabilidad de la violencia en las familias, se refiere a la asignación de la violencia como un asunto de las familias, que se inicia y termina en ellas, como señalé antes, como si este proceso se iniciara y se agotara en la familia, como si sólo fuera un asunto de las familias y de sus miembros. Es cierto que cada persona debe hacerse responsable de su violencia, de no ejercerla contra otros, de controlarla. Sin embargo, en la definición de violencia familiar como el lugar de la intervención de los especialistas, de la acción de los terapeutas, de los maestros, de la publicidad contra la violencia, lleva el riesgo de minimizar el contexto violento que rodea a la violencia, no como un contexto global que sólo la rodea sino que interactúa y se entrelaza continuamente. En este aspecto es importante mencionar formas de exclusión que resultan violencia del sistema, que también imponen relaciones de poder que descalifican y afectan a las personas, generándose el círculo, donde no se sabe dónde empezó y dónde terminó la secuencia violenta. Pensar que la violencia sólo es un asunto de las familias, o de la intervención de las instancias de la sociedad en las familias es injusto y descontextualizado, ya que estaríamos culpando a los miembros de las familias de ejercer la violencia. En la secuencia violenta encontramos muchas veces a otros actores involucrados, por ejemplo, instancias e instituciones diversas.
Para que haya violencia se necesita que haya ideas que proporcionan un sustrato teórico, que estas ideas se transmitan y se reproduzcan en interacciones y que los distintos actores sociales las reconozcan como legítimas, cosa que generalmente se expresa a través de estructuras (Ravazzola, 2002). Estas ideas se dan en organizaciones con jerarquías desiguales rígidas entre las personas, basadas en elementos que se naturalizan (como raza, edad, género). Estas diferencias jerárquicas están al servicio de la protección de un sistema mayor, como sería la unión familiar, la escuela, la justicia, cuya preservación justifica las acciones de represión, exige lealtades, de las personas para que se sigan manteniendo.
Estas ideas se perpetúan a través de la transmisión y comunicación usando diversas estrategias para neutralizar voces disidentes; por ejemplo, se niega o no se reconoce una situación, se mistifica adjudicando valores positivos a las renuncias personales que se exigen, se descalifica a quien intente discrepar, y se crea un sistema de disciplina para castigar las transgresiones (Fassler 1999). En la violencia familiar, por ejemplo, las teorizaciones en torno al género permiten llenar de contenidos específicos lo anteriormente señalado. Las diferencias construidas socialmente entre hombre y mujeres, justifican y sustentan las relaciones de poder asimétricas entre los géneros y legitiman formas de dominación en las familias donde hay mecanismos de control y silenciamiento del discurso subordinado, a través de síntomas de la comunicación como interrupciones, distracciones, justificaciones.
El fenómeno de la violencia es muy antiguo, pero por qué ahora hablamos de la violencia? Lo novedoso no es la violencia sino el rechazo a su necesariedad, a la afirmación de que es indispensable en las relaciones humanas. Lo diferente son las formas que toma la búsqueda y el intento de separarla de lo que deseamos construir como humanos. Lo novedoso también es la resistencia, la oposición con formas y discursos no violentos (Troya, 1999).
Cuando nos damos cuenta de que la violencia cotidiana se hace cada vez más natural, que se acepta como algo inevitable, que conforma sujetos pasivos, desinformados, sin iniciativa, nos encontramos ante la constatación de que los efectos de la violencia se están extendiendo y que van a ser contexto para más violencia. Las consecuencias a corto y a largo plazo de la victimización, la represión, la guerra, se están manifestando en las nuevas generaciones. También existe la violencia simbólica que actúa en diversos ámbitos como las instancias de formación y de socialización de los jóvenes que están generando sujetos sin expectativas de cambio, con una actitud de desesperanza, que se expresa en la pasividad, el desinterés por lo que ocurre, y en la imposibilidad de actuar y de pensar en alternativas. (Las políticas económicas y sociales) están acentuando la exclusión y la polarización de sectores de la sociedad, ante lo cual no ven posibilidades de modificación, produciendo sujetos sin historia y sin futuro. No es posible hablar de proyecto de vida dentro del marco de violencia que se vive y que impacta a la violencia en las familias, en las relaciones personales.
Por otra parte, cada uno de los niveles en los que se manifiesta la violencia, debe ser analizado en su especificidad, con el objeto de comprender de qué manera se ha implantado la violencia, cuáles son sus diversas manifestaciones, cómo se entrelazan las distintas formas y niveles de la violencia, cuál es la responsabilidad individual en la detección y manejo y resistencia ante la violencia, cuáles son las formas que adquiere en cada uno de los contextos y las alternativas de trabajo para combatirla.

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