Educar en la discrepancia a la cultura patriarcal


Por Dra. Elisa Bertha Velázquez Rodríguez*

(Publicado en "Palabra el Maestro en el Hacer de la Historia". Revista bimensual noviembre - diciembre de 2009, año 11 No. 54)

La conciencia de la exclusión social, no puede obviarse en la escuela, pues se practica entre hombres y mujeres, no importa el nivel, académico, la institución, el grado y las clases sociales, en todas las esferas de la sociedad. La exclusión del otro es una acción que se practica como muestra a la intolerancia de lo diferente, donde ocurre que, si no eres igual a mi, estás en desventaja. La cultura patriarcal es el despliegue de poder de lo masculino sobre lo femenino, justamente porque es diferente anatómica, sexual y psíquicamente, pero también, económica y políticamente. Así como la homogeneidad de pensamiento, biológica y psíquica, entre los géneros y entre los pueblos no existe, abordaremos el problema pensando en que la diferencia no implica desventaja. Tenemos derecho a discrepar desde las aulas, para formar a nuestros alumnos y alumnas en la cultura del respeto a la diferencia.

La historia del patriarcado ha sido enarbolar la homogeneidad entre los sujetos como postura política dominante y convertirla además, en aparato lógico que sostiene una racionalidad de época, equivale al despliegue del poder que proviene de la construcción de un imaginario que encabeza el sujeto moderno, investido de las insignias patriarcales, rector de la moralidad, y productor de la ciencia objetiva. El sujeto y el poder tienen por vida cotidiana una simbiosis, de tal suerte que han borrado sus fronteras como entes. Ahora son uno solo, lo cual significa que si los atributos del sujeto son el pensamiento y la razón, el cuerpo y lo psíquico, y los atributos del poder son el dominio y en grado extremo, el sometimiento, en este tiempo ya no podemos saber con exactitud de quien son los atributos, puesto que hay una inversión: el sujeto domina, somete y destruye todo lo que se revele contra su autoridad. Y el poder simula ser el pensamiento y la razón, es un simulacro que habita en el cuerpo y en el universo psíquico de hombres y mujeres.

La homogeneidad de los géneros femenino y masculino, las etnias y las culturas urbanas es un discurso que representa la ideología del sometimiento. ¿Acaso no sería más fácil mirar al otro de la diferencia en su vasta dimensión de significados, que enarbolar la bandera de la homogeneidad con sus máscaras de igualdad política, electoral y económica,? podemos aceptar la existencia del otro como un ser diferente, que tiene todo el derecho a la diversidad, y cada uno de nosotros practicar acciones y discursos de tolerancia a la diferencia sexual, religiosa y simbólica, por el hecho que existen mujeres, hombres, homosexuales, cristianos, católicos, musulmanes, budistas, taoístas, ortodoxos, evangélicos, testigos de Jehová y muchos otros practicantes religiosos, en un mundo de sacralidad peculiar de cada uno. La sacralidad esta representada desde una rama, una esfinge, un montículo, un tótem hasta la idea materializada de Dios en el cristianismo, el budismo o el islamismo. Sin duda, la sacralizad es una fuerza mágica que nos acerca y separa del bien y del mal.

La ideología de la homogeneidad establece estereotipos de hombre dentro del ideal de masculinidad, que sostiene la soberanía “del hombre” cuyos valores son la fuerza, la valentía, la inteligencia, el éxito y la capacidad de protección a los débiles. Para las mujeres se ha construido el ideal de feminidad, afincado en los valores de belleza, pasividad, obediencia, amor a la maternidad, destreza en el trabajo doméstico y capacidad de competitividad en el ámbito laboral.

También ha determinado el renglón de la sexualidad, puesto que los hombres son cazadores y las mujeres presas. El fin de la sexualidad femenina es la reproducción, el fin de la sexualidad masculina es la descarga libidinal y el placer. El cuerpo de las mujeres está destinado al servicio sexual de los hombres y reservorio de la concepción. Por su parte, el cuerpo de los hombres es para su propio uso. El placer de las mujeres no les pertenece y es aplazable, el placer de los hombres es intenso e inaplazable.

E igualmente ha determinado que el placer de los homosexuales es aberrante, quizá porque muestra el lado secreto en donde se esconden los juegos de nuestros imaginarios.

La misma ideología de la homogeneidad, que es lo mismo que la lógica del sometimiento, también ha creado pastiches para las etnias, en estos iconos está plasmado el indígena miserable, desposeído, que en el tiempo de la colonia deseaba ser como su amo, en nuestro siglo es ladino y lleva en la sangre la rebeldía, es insurrecto por naturaleza, mal agradecido, maloliente, feo y sub-inteligente, y conforma un grupo contestatario que en forma latente, permanece en el filo de la altísima peligrosidad para el satatus quo.

Asimismo para los homosexuales, el discurso intolerante pregona su desviación sexual, su perversión y su potencial patogenia de las enfermedades contemporáneas. Ellos representan un ente que se equipara a los monstruos medievales que acechan desde la oscuridad y eligen a su víctima.

La ética de la discrepancia parte del valor de la dignidad de la persona, pensando en el “ethos” como el productor de los sentimientos y el cargador de las relaciones discursivas, es el diseñador de una nueva sociedad basada en el respeto a la libertad de la diferencia.

La ética de la discrepancia equivale a sostener la capacidad de tolerancia a todo aquello que nos desconcierte, que nos incomode y que nos confronte. Es la no concordancia de opiniones y propicia el disenso entre los sujetos, de tal modo que cada uno puede opinar y configurar su identidad desde el referente que elija; y esta referencia incluye el cuerpo y lo psíquico.

Educar para la paz solo es posible desde la ética de la discrepancia, en los valores de la tolerancia y el respeto a lo diferente.

El derecho a discrepar es la posibilidad de formular otros discursos en torno a las tareas de los sujetos, como en el caso de las mujeres que a pesar de la propaganda gubernamental que causa impacto en la población acerca de la inclusión femenina en tareas importantes de orden público, sigue siendo un juego fantasmal, porque solo en la especulación existe la mujer participativa y triunfadora. La concreción es que de cada mil mujeres, una tiene acceso a las fuerzas del poder o de la economía. Su acceso directo a la vida privada la convierte en vigía de la moralidad, en agente ideologizador de su familia y en dueña y señora de su cocina.

El hecho de ser psíquica y anatómicamente distinta al hombre la coloca en posición desventajosa en la sociedad. Por tener vagina y carecer de pene, la posición tendenciosa del discurso significa que su comportamiento debe ser discreto, silencioso, cauteloso, sobre todo en sus empresas de amor y siempre debe guardar compostura. En su defecto, puede ser acusada de ramera o de loca. Por tener vagina, la racionalidad patriarcal ha inventado algunos discursos acerca del placer femenino y el funcionamiento de su cuerpo. Estos discursos declaran que el cuerpo es el centro del goce perverso, de las furias sexuales desatadas que solo se calman con la concepción de un hijo o hija, ya que la maternidad purifica a la mujer ardiente, cambiando su estatuto de fuego femenino por el de madre abnegada.

La omisión o el olvido de la mujer es un acto que consigue la madre, equiparada a diosa de la fertilidad, siempre venerada, asexuada, afanásica, no deseante y gozosa en la contemplación de sus hijos.

El olvido de la mujer implica el secuestro de su placer, de su intimidad, cosas que no solo le pertenecen, sino que tiene derecho a disfrutarlos, igualmente que su cuerpo, sus fluidos, sus orgasmos y su erotismo, que es producto de su experiencia interior en los bordes de su individualidad, y no se puede enajenar, transmitir o confiscar, es un capital simbólico que proviene de la vida psíquica y se manifiesta en el cuerpo.

La racionalidad intolerante sostiene que el género femenino se convirtió desde hace mucho tiempo en un contingente que necesita dirección y control en su comportamiento, debido a su minoría de edad y a la extrapolación de sus emociones, lo cual ha originado una moralidad que dice: los hombres deben proteger y conducir a las mujeres, y las mujeres necesitan a los hombres para sobrevivir. Sin embargo, existe la posibilidad de que en una sociedad equitativa, hombres y mujeres fundemos una política del placer basada en el respeto a la diferencia sexual.

La política del placer significa que los integrantes de la sociedad elevemos a valor de primer orden la capacidad de disfrutar de nuestra existencia, de que nuestras relaciones con el otro dejen de estar permeadas de conflicto, en la medida que podamos interrelacionarnos con él sin el deseo de dominarlo y controlarlo. Estos elementos del poder organizan la obsesión de perseguirlo hasta que acceda a realizar los actos que le demandamos. Es decir, en lugar de mirarse en el espejo a través de la conversación con el interlocutor, hay una tendencia a rebasar su palabra, a desmentirlo con los medios más violentos que tiene el lenguaje: el grito. Y después construir un vacío entre el otro y yo, un vacío que hace perder el sentido. O que reafirma un solo sentido: la verdad del autoritarismo.

La política del placer pone de manifiesto el goce del diálogo como el lazo que une a dos, vehiculiza el deseo de uno a otro. Por el diálogo los hombres y las mujeres pueden saber algo de sí mismos, porque el diálogo como representante del lenguaje es el agua cristalina en donde nos contemplamos para obtener una identidad, y es el modo de comprender e interpretar. Unamuno decía que el diálogo es confianza en la palabra hablada, en el fluido auténtico del ser, y es una especie de clave maestra que abre la reflexión filosófica. Pero sobre todo, es comunicación, en tanto juega la escucha y el habla. Es responsabilidad, traducida en el deber y el derecho de responder a la pregunta de la otredad, que en forma inmediata, teje historias y coloca en el mismo nivel comunicativo a sus interlocutores, creando un clima de armonía y tolerancia.

El universo dialógico articula el lenguaje como amalgama de voces entre lo ajeno y lo interior, de tal modo, que la palabra ajena en el extrañamiento del otro es apropiada para asimilarse y renovarse creativamente en nuevos contextos que hacen nuevos diálogos interiores. Por su parte, el discurso interior de la conciencia enfrenta simbólicamente al yo y al otro para confluir en pluralidad de sentidos. Dice Unamuno: “La palabra ajena, a veces la propia, se inscribe en este movimiento entre el yo y los otros, en gradaciones infinitas, ocultas, semiocultas y dispersas como una interacción teórica entre autor/texto/lector, en relaciones coercitivas, subversivas, conflictivas, de sumisión, a veces de cooperación, simultáneas y diversas a partir de una concepción de lenguaje como preformativo” (Zavala, 1991:50).

La ética de la discrepancia basada en el diálogo, fundamenta el derecho de asomarnos al mundo interior de la subjetividad, donde no rige la lógica simplista del vivir cotidiano del sujeto indivisible, homogéneo, unitario, sino que habita la alteridad, la diferencia y el deseo de diversidad. Don Quijote y Sancho son el ejemplo de la renovación constante del diálogo, interminable y estético, trágicamente interminable.

Más allá de la literatura, en el campo de la educación, el dialogo es un método que aborda las disonancias. El diálogo en la docencia es como la relación entre autor y personaje que disuelve los misterios de uno ante el otro. Entre maestro y alumno, el diálogo rebasa los límites del yo y el tú, a veces lima las asperezas, puesto que abre las puertas de la intimidad, pero también produce disensos, desencuentros. Su tarea nunca será conjugar o fusionar lo uno con lo otro en la unidad total. A fin de cuentas esto es la homogeneidad, algo que el diálogo jamás ha buscado. Por esta razón, el diálogo abre la posibilidad de la diferencia y de la discrepancia, del disenso en los argumentos y en las cosmovisiones, que dan por resultado la práctica de la pluralidad de valores.

La política del placer no admite la incursión del dedo intolerante que señala quien puede y no debe usar su placer, rechaza la palabra impuesta de verdades y moralidades de la racionalidad patriarcal. Declara que el placer no se enajena ni se confisca, solo se disfruta tanto para el género masculino como para el femenino y para los nuevos géneros que se están creando diariamente por la autonomía personal. Todos los géneros tienen la soberanía de ejercer su placer. 

La política del placer inscrito en la ética de la discrepancia, es el encuadre de la docencia contemporánea, fundada en código para nuestra práctica educativa. Antes de enseñar conocimientos, es necesario enseñar a dialogar, a tolerarse, a escuchar historias mutuas, a mostrar diversas opiniones acerca de los saberes de alguien, enseñar es ejemplificar el disenso, en la voluptuosidad transitiva que significa la presencia de dos, en la erotización de la palabra escolar que divorcia su destino de la tarea delirante de sometimiento, de uniformidad sexual de los y las estudiantes, de la servidumbre femenina, del secuestro del placer de los géneros, en fin, del dominio de lo masculino sobre lo femenino, en nombre del saber y de la mirada unidimensional.

La política del placer es el dialogo entre mujeres y hombres que se proponen modificar los significados de la actividad sexual de lo femenino y lo masculino, esto es, el acontecer erótico como la cima de la vida. Esta política propone la muerte de la doble moral que está inserta en el discurso patriarcal y es enseñada en la escuela; se trata de una muerte anunciada que solo se produce con la erotización de los géneros, para que podamos asumir que el valor universal es la vida, de tal forma que no es suficiente reproducirla reproduciéndose, es necesario desbordarla y alcanzar el delirio extremo en el erotismo de las palabras que cabalgan a la par de los cuerpos mundanos.

Los valores del bien y el respeto a la Persona no se obtienen con la exclusión como práctica política de una sociedad injusta, ni en el vehículo discursivo que contrariamente produce efectos violentos entre las diferencias. El bien del otro es un acto de convicción, que se logra desde la erotización del cuerpo del otro, desde la aceptación de su sexualidad intrínseca que se proyecta hacia los demás. Practicar el bien es un ejercicio en donde se convoca el deseo del otro, de su discontinuidad y su diferencia. Por su parte, la moral del patriarcado pervierte el placer de las palabras, disminuye la carga de su intensidad, borrando los sentidos de énfasis, autenticidad y plenitud. Y contribuye a que los cuerpos de hombres y mujeres se automaticen, distribuidos en los espacios que designa el discurso de la exclusión social. Los espacios han sido tomados por la moral y el destino de sus usuarios parece inexorable. A través de los siglos, no se registra alteración en el significado de los espacios, al contrario, eficazmente los ha maximizado: refuncionaliza a hombres y mujeres en megaespacios que operan como prisiones de la sexualidad, y el placer.

La política del placer no propone la construcción de sujetos amorales, sino morales. Se trata de una moral fundamentada en la inversión de los valores de la exclusión por el respeto a la diferencia, del sometimiento y la humillación de lo femenino por su dignificación a partir del reconocimiento de su importancia biológica, económica y psíquica en la interacción con lo masculino. En la perspectiva patriarcal, es un valor atentar contra la integridad de las mujeres y los grupos vulnerables, al colocar sus cuerpos y sus inteligencias al servicio de la palabra que domina.

Hay una indiscutible necesidad entre lo femenino y lo masculino. Pero el hecho de que lo femenino tenga más cercanía con los símbolos de la cultura y con las practicas privadas de la vida cotidiana, no es un argumento para que sea objeto de dominación, y que su comportamiento se regule con el sometimiento.

Hacer una política justa es apelar a la sexualidad diferente, es estremecerse con la erótica del lenguaje, con sus cargas de sentidos, con la mención de sus trasfondos, desgastando los sentidos del discurso patriarcal tendencioso que magnifica las virtudes femeninas, socavando al mismo tiempo, su propia condición humana.

Practicar una moralidad justa, en una cultura de equidad, implica desprenderse del discreto encanto del discurso patriarcal, de sus adulaciones y ardientes pasiones por el cuerpo de lo femenino, desvaneciendo la mirada que aprisiona, que secuestra y que enjuicia al poder femenino.

Buscando una cultura de equidad, las mujeres nos podemos empoderar. No se trata de someter al mundo masculino, de tomar sus cuerpos y practicar en ellos los mismos rituales de poderío. Se trata de reconocer en primera instancia, que lo femenino y lo masculino están unidos por la diferencia y ambos habitan en el mundo de la necesidad. Ninguno es más necesario que otro, y ninguno puede suprimir al otro amenazando su existencia y su equilibrio psíquico,

Lo mas importante que debemos decir, es que hombres y mujeres tenemos derecho y necesidad de discrepar, en el sentido y uso de las palabras; que las mujeres discrepamos de las certezas de los hombres, y que aun cuando muchas mujeres practican los discursos patriarcales, avalando sus signos y valores, es de suponer que están motivadas por la hechicería de los grandes relatos masculinos. Desafortunadamente, la complejidad de la hechicería les hace perder la cabeza, y entonces desbordan el odio por su propia diferencia contra otras mujeres, pues es de comprenderse que el ideal masculino seduce la sexualidad femenina, capaz de tocar los tambores de guerra. Sin embargo, las furias femeninas pueden apaciguar sus ánimos mediante la palabra autentica, a través del dialogo, que en comunidades dialògicas y no discursivas, las mujeres podemos ir organizando. Cuando las mujeres no hablan con otras mujeres, imaginan que unas y otras son diferentes, pero su capacidad de hablar, de construir significados con sus narraciones, tomando como personaje principal el yo mismo, las acerca y las identifica en el plano de la igualdad. Lo diferente para las mujeres es lo masculino, no lo femenino, que mas allá de su anatomía, la igualdad se refiere a los símbolos de su cultura, que tampoco son estereotipos del discurso patriarcal. Develar un símbolo de la cultura es reconocer el poder nutricional de lo femenino, que se encarna en la madre amamantadora, traducido a la mujer que da algo de si misma al otro, en el plano nutricional.

Los discursos patriarcales deformaron el sentido e la función nutricional, creando un espacio de cautiverio para las mujeres: el discurso de la maternidad con su invención de la esencia femenina y el impulso inmanente a ser madre. En contraste, el poder nutricional refiere la capacidad de erotizar al otro, es el poder de darse, de compartirse con el otro en un soplo de vida, de aliento, de animus. Pero no es la simplicidad de un esencialismo que impone una tarea de obediencia a una práctica política. La maternidad es una decisión, una postura que toman algunas mujeres, es válido que otras no la asuman, así que nada tiene que ver con su capacidad mítica e histórica de lo nutriente.

Es el momento de que los géneros femenino y masculino reflexiones en torno a su identidad, y preguntarse, qué define a cada género. Ya no es probable la continuidad del patriarcado a través de un pensamiento dominante. Las identidades son diversas, plurales, de acuerdo a las necesidades de los individuos. Y los sentidos de una masculinidad viril, investida de fuerza y valentía, solo son insignias que adornan los percheros de los hombres. La explosión de la subjetividad los ha rebasado. Por su lado, la abnegación, la ternura como esencia del instinto materno, la dependencia, y la entrega al mundo privado, son artificios del patriarcado, En función de estas falacias argumentativas, se ejerce una política de distribución de los géneros, y cuando nos enfrentamos a las diferencias, las palabras del patriarcado no alcanzan para nombrarlos. En tal caso, les llama “géneros prófugos”. De ahí que sus argumentos ya no correspondan a las nuevas identidades.

Por ultimo, deseo agregar que la discrepancia es un derecho que debemos ejercer en un mundo de diversidades. Más aún, es la posibilidad de crear libremente nuestra identidad.

 




*Dra. en Filosofía por la facultad de filosofía y Letras, UNAM. Psicoanalista. Docente-investigadora en el Instituto de Ciencias de la Educación del Estado de México (ISCEEM).

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