Los intelectuales


por Braulio Alfaro Lemus

 (Publicado en "Palabra el Maestro en el Hacer de la Historia". Revista bimensual, número especial enero - mayo de 2010, año 12 No. 55)

 

La contradicción más curiosa del sistema capitalista podrían ser los intelectuales. Son personas que pueden entender académicamente al sistema, aunque no lo vivan en toda su crueldad. Y pueden escoger entre tres opciones: defenderlo, ignorarlo o combatirlo. Decía el poeta Efraín Huerta: “No puedo entender a mis maestros de marxismo, unos están en la cárcel, otros en el poder.”

Su paradójica situación esta alimentada por su extracción de clase. Tuvieron que disponer de recursos y tiempo para poder dedicarse a pensar. Es notable que la mayoría de líderes “revolucionarios” que lucharon contra el sistema capitalista, fueran hijos de familias pudientes, como Fidel Castro, Federico Engels, el mismo Carlos Marx.

 El joven Marx tuvo el apoyo de una familia acomodada, su padre era abogado y realizó estudios en Bonn y Berlín. Su esposa Jenny también provenía de una familia rica. El deseo de Marx de desclasarse y definirse como revolucionario, tuvo momentos muy contradictorios.

Desde la teoría, en el Prólogo de la contribución a la crítica de la economía política, señala que “El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre lo que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia.”[1]Así podemos ver a un Marx, que prefiere ser trabajador intelectual, aunque viva en la miseria por ello, a ser un trabajador que pueda satisfacer sus necesidades más elementales y acaba siendo mantenido por Federico Engels, hijo de un rico fabricante de textiles. Si bien Marx trabajó de periodista, cabe preguntarse por que nunca tuvo la capacidad de mejorar sus condiciones materiales de vida.

En el Manifiesto del Partido Comunista, Marx y Engels, plantean “Finalmente, en los períodos en que la lucha de clases se acerca a su desenlace, el proceso de desintegración de la clase dominante, de toda la vieja sociedad, adquiere un carácter tan violento y tan agudo, que una pequeña fracción de esa clase reniega de ella y se adhiere a la clase revolucionaria, a la clase en cuyas manos esta el porvenir… particularmente ese sector de los ideólogos burgueses que se han elevado hasta la comprensión teórica del conjunto del movimiento histórico.”[2]Pero Marx y Engels, no eran trabajadores asalariados. Eran los nuevos ideólogos que justificarían la necesaria creación del Partido Comunista, pequeña minoría que aspiraba a dirigir una sincera “Dictadura del proletariado”.

Y en la división de clases que se hace en el Manifiesto, ni los estamentos medios (pequeño industrial, pequeño comerciante, el artesano, el campesino) son revolucionarios, son más bien conservadores, más todavía, son reaccionarios.

Curioso análisis donde quedan situados Lenin, Trosky, Kalinin y Kouzmin; los intelectuales comunistas de Rusia, que actuaron como “reaccionarios”, oponiéndose a las mayorías proletarias que se sublevan en 1921, contra los Bolcheviques en Petrogrado y Kronstadt.[3]

Continua Marx con una sentencia histórica y profética “Todos los movimientos han sido hasta ahora realizados por minorías o en provecho de minorías”[4]. Cuando construyen la Asociación Internacional de Trabajadores, en 1864, se forman dos corrientes: marxistas y anarquistas. Las diferencias medulares residen en las respuestas que dan a dos preguntas: ¿Cómo se deciden las acciones? y ¿Quiénes toman las decisiones?

Las respuestas las dieron los hechos, muy diferentes de los discursos: Marx impulsó la formación de una élite centralista, servil y autoritaria (el secretariado internacional) que decidía por los demás y disciplinaba a todos a una “resolución” y Bakunin impulsó la formación de secciones federalistas y libertarias que impulsaban la insurrección y la organización de clase, sin partidos políticos.

En 1871, Marx y su camarilla, en una conferencia en Londres, hacen aprobar una resolución que impulsa la constitución del proletariado en un partido político para llegar al poder con la revolución social… pero mientras, se buscaran puestos parlamentarios.[5]

  El gran detalle es que Marx y Engels, están al frente del proletariado. Los intelectuales al poder, (bueno, mientras al parlamento) en hombros de la clase obrera. La AIT se divide y separa, quedando la minoría con Marx.

Pero Marx no se conforma con destruir una organización internacional, sino se dedica sistemáticamente a calumniar y difamar al movimiento anarquista, ayudado por su yerno Lafargue y su mecenas Engels. Para entender el porque de este proceder, podemos ayudarnos de Antonio Gramsci y su concepto del “Bloque histórico”.

Gramsci plantea este concepto para entender las relaciones interdependientes entre la estructura económica y la superestructura política y jurídica; en un momento específico del desarrollo social. La coyuntura retratada en su dinámica especifica. En este caso, al constituirse la AIT, hay relaciones de solidaridad entre los obreros de Francia, Inglaterra, España e Italia.

Pero nuevas formas de control se desarrollan bajo la ideología comunista; la soberbia intelectual se justifica con un discurso que pretende ser “científico”, en un momento que la razón se erige en nuevo Dios indiscutible. La ideología es duramente criticada por Marx, para justificar la entronización del comunismo como “teoría científica”. Después de admirar a Joseph Proudhon, lo acaba calumniando acusándolo de ser “burgués”.

 Dice Gramsci que la sociedad civil  es el espacio donde se genera, se difunde y se defiende la ideología de la clase dominante, en este caso, la burguesía. Desde la AIT, hasta la fecha, es notable el empeño de los comunistas en atacar el anarquismo; la URSS, Cuba y China, principalmente, se volvieron exportadores de libros donde se ataca (con la misma furia que a los capitalistas) la idea de vivir sin gobierno, y peor, sin Estado.

Las élites gobernantes del mundo criminalizan a los anarquistas y usan los medios de “comunicación” masivos, para desprestigiarlos continuamente. Así se genera, se difunde, se defiende y se legitima la idea, de que es preferible vivir con sistemas “malos” (democracia burguesa o totalitarismo realmente existente) a caer en el caos y la anarquía. Para desmontar esta farsa, es necesario develar la raíz absolutista del comunismo y deslegitimar la idea de que es preferible ser gobernado, a ser autogestivo.

Desde lo político, lo social y lo cultural se confrontan estos paradigmas sociales: comunismo o anarquismo. Y los intelectuales son la clase auxiliar más importante de la burguesía, aunque se autonombren “revolucionarios”.

 Para romper la hegemonía de la clase dominante, se necesita llegar al inconsciente estatal colectivo (René Loureau), para dejar la adicción a ser gobernados. Esa idea tan profundamente arraigada en el inconsciente de la gente, de que sólo un gobierno puede organizar la sociedad, cuando hemos visto fracasar a todos los diferentes gobiernos, tanto de derecha como de “izquierda”.

Aunque las clases subalternas entienden que no sirve votar, por que “todos los políticos son iguales, sólo quieren el poder y el dinero”, se necesita explicar como legitiman los intelectuales al poder, y elaborar propuestas y alternativas, para que la gente común llegue a ser intelectual y puedan crear sus propias alternativas culturales, educativas, políticas y sociales.

 

Para la creación de nuevas propuestas, hay análisis y críticas de Nicos Poulantzas a los intelectuales que se pueden retomar, ya que analiza fenómenos más recientes, como el papel de las burocracias en los estados capitalistas contemporáneos. Lo curioso es que también es aplicable su análisis a la burocracia comunista realmente existente.

Por ejemplo, Poulantzas hace hincapié en la situación especial de los intelectuales, como una categoría social, “…cuyo rasgo distintivo reposa sobre su relación especifica y sobredeterminante con estructuras distintas de las económicas: este es sobre todo el caso de la burocracia en sus relaciones con el Estado, y de los “intelectuales” en su relación con lo ideológico.”[6]

Pero hay que hacer notar que la burocracia vive a expensas de los impuestos del pueblo y no es productiva: es parasitaria y encuentra su justificación en la kafkiana invención de nuevas formas de control más sofisticadas del Estado.

Y en el caso de los intelectuales es peor: pueden ser incluso del proletariado, pero empeñados en ser parte de las “nuevas” clases dirigentes. Pueden trabajar de asesores, maestros, o investigadores, que sin tener un poder formal en el Estado, pueden ejercer una influencia nefasta en el gobierno.

Desde las escuelas, universidades, religiones, medios de comunicación, instancias culturales, sindicatos, ONG’s, etc. se ve por un lado, a los intelectuales del sistema trabajando laboriosamente para reproducir las relaciones de dominación y por el otro; a una comunidad diversa, plural y contradictoria, diseminada en muchos frentes, dando la batalla contra la hegemonía del bloque en el poder, con dudas sobre los pasos a seguir, para no ser cooptados, neutralizados o recuperados por el sistema, pero con la convicción creciente de que es lo que no quieren.

La disidencia como primer paso para abrir espacios de crítica, donde se pueda reflexionar el fracaso de diferentes teorías y ubicar ejes de acción para construir nuevos conceptos.

Pero el segundo paso requiere experimentar diversas propuestas para ir confrontando el avance, y dejar el espacio de las ideas, para lograr la integración del ser, el pensar y el actuar.

Un tercer paso, puede ser la socialización de las experiencias de lucha de cada sector: intelectuales, amas de casa, obreras, campesinas, estudiantes, maestros, feministas, ecologistas, indígenas, punks, colonos, rebeldes con causa, etc. Lo importante es aceptar la diversidad de ideas, experiencias y propuestas. Y lo urgente, pensar entre todas las personas, como ayudarnos mutuamente.

Toda la gente puede ser intelectual, si lo entendemos como una persona que produce ideas. Esta propuesta, hasta puede volverse un proyecto de vida, que nos abra nuevos horizontes, a pesar de nuestra sociedad enferma y decadente.

 

                                                                                            

 


[1]Marx y Engels, Obras Escogidas, Editorial Progreso, Moscú, URSS, 1982, Pág. 182

[2]Ibíd. Pág. 41

[3]Volin, La revolución desconocida (historia del silencio bolchevique), EMU y Ediciones Minerva, México, 1984, pp. 261-326

[4]Marx y Engels, Obras Escogidas, Editorial Progreso, Moscú, URSS, 1982, Pág. 42

[5]Rudolf Rocker, Marx y los anarquistas, Revista Caos No. 6, México, 1981, Pág. 29

[6]Poulantzas, Nicos. Poder político y clases sociales en el estado capitalista, Editorial Siglo XXI, México, 1979, Pág. 98

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