La mudanza


por René Cloir*

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Ella

Uno a uno, cada recuerdo iba siendo colocado al fondo de las maletas preparadas para el caso.  Ahí iban buena parte de los últimos años:  las lágrimas derramadas por  la  exasperante soledad,  las sonrisas,  las sorpresas, las angustias, la esperanza...  Se había buscado convencer que no había otra salida, que la suya no era una huida, se trataba simplemente de afianzar uno de los extremos de la  balanza.   Meticulosamente eran colocados  cada uno de los objetos que a su paso aparecían: una sonrisa, una mirada alegre o un suspiro,  era el eficaz envoltorio de cada objeto.

Había algo que no podía empacar, puesto que no tenía forma o límites: Eran los últimos meses de su vida, esos mismos que le habían hecho nuevamente decir,  hacer  y querer: era la presencia de un tercero entre la pareja y cuya aparición había evocado nuevos sueños y esperanzas. Ese presente cercano se aferraba a estar en ella, a no abandonarle, a seguir pintando su sonrisa. ¿Dónde pues colocarle si no aceptaba límites?  No podía llevarle consigo,  era lo único que tal vez no tuviera cabida en la mudanza.

El mudar, cambiar, buscar otro lugar de estar, había aparecido repentinamente como la única opción  en su presente inmediato. La lejanía, quizá la posibilidad del reencuentro...

¿Razones para detener la partida? ¿Dónde encontrarlas? Por más que levantó piedras para debajo hallarlas, inventó  frases, trazó signos en papel, éstas -tercas- no aparecían. Luego de afanosa búsqueda tuvo que entender que no podía esgrimir razones para que la inevitable mudanza se ejerciera con cruel puntualidad.

ii
El

Revisó el pasado cercano y encontró que había tenido razón  en mucho de lo que le habían  señalado: ese afán del caparazón, era acertado. Debió aceptar que a lo largo de su existencia ese ostracismo (yo, una ostra)  había sido su única defensa. Cada una de las cosas que había sido o defendido se hallaban en su dureza, en su inflexibilidad;  con la misma dureza, entendió que debía partir, que su lugar no era aquél que generosamente se le había ofrecido por algunos meses. Las paralelas que creía coincidían en la perspectiva, hoy se iban separando cruel y firmemente. El adiós era definitivo y necesario. Tal vez habían jugado a negar la realidad, a embriagarse entre las imágenes de un espejo que no era el suyo, en un reflejo lejano, cada vez más y más distante.

iii
Siendo otros

Ambos iban reencontrándose,  habitando lugares antes abandonados, cada uno de los nuevos rincones encontrados resultaban ser un espacio ya visitado, cercano  y curiosamente impregnado de sentido en la reconstrucción. Nuevas imágenes recorrían los semblantes, nuevas fotos colgaban de las viejas paredes, nuevas esperanzas e ilusiones de los renovados corazones...

La penúltima página comenzaba a ser escrita, cada  cual en su nuevo hábitat, que paradójicamente, resultaba ser el sitio de partida, el punto donde suelen coincidir las almas. La mudanza  fue a colocarles justo en el umbral de la felicidad  posible, ese pequeño paraíso donde las almas se reencuentran...

 

* Autor del libro de Cuentos «Voces del Aula y sus muros» Castellanos editores y Colectivo Cultural Palabra S. C., México 2004.

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