La classe ha perdido clase


Por una educación con sentido del humor
Memo

Por Gerardo Meneses Díaz *

* Docente investigador del Instituto Superior de Ciencias de la Educación del Estado de México (ISCEEM). Palabras del investigador durante la presentación del libro «La classe», en Chalco, Estado de México.

La caricatura es un espejo cruel de lo que somos. Si no exagera nuestros rasgos o no se regodea en nuestros defectos, no caricaturiza, pierde su lanza vital, la ironía, el humor. Aunque vilipendiado como género fácil, lo cierto es que el humor no se compra, no se obtiene; si bien se cultiva, no es suficiente con sembrarlo, sus flores son extravagantes, más todavía las del humor fino, corrosivo, mordaz, como el de Memo.

Eso testimonia el libro que ahora comentamos, La Classe, una suerte de manifiesto político-pedagógico, con el anarquismo del autor a flor de trazos, con la crítica como soporte de una pedagogía radical hasta la sonrisa, radical hasta la ternura, pero también radical hasta el obsequio de perlas de sabiduría de teoría de la educación de autores de gran estatura como Freire, Gramsci, Neill, a los que la hegemonía de los discursos actuales casi ha logrado borrar del mapa.

Memo captura las instantáneas del terror escolar, del autoritarismo, de la moralina disfrazada de verdad, de la intolerancia con las que las clases perdieron clase. Con la saña de un profesional de las siluetas, desnuda una terrible metamorfosis, aquélla en la que las clases, esos espacios formativos, fueron abolidas, pero no como eliminación de los estratos sociales, no como eliminación de la lucha de clases, sino porque pasaron a ser ficción, se transformaron en lecciones de sometimiento, dulce, violento, disfrazado o descarado, sometimiento a fin de cuentas, de cualquier alteridad, del humor, de la infancia, de los cuerpos, de las mentes.

Recuerdo siempre una frase de Puiggrós que decía con toda justicia: “Cuando un profesor no sabe, reprime”. Generalmente los maestros autoritarios expresan una historia tortuosa, la del incontable vacío de la inquietud por el mundo. Ello desdibuja cualquier asomo educativo, hasta descaramar sus entrañas, necrofilia.

La elegancia se tornó ignorancia, hoy justo que tanto se predica la alborada de la sociedad del conocimiento, de lo metacognitivo y no sé qué más controles, de ese cientificismo moral tan aprehensivo a nuestro ser. Memo irrumpe con una didáctica basada en el dibujo (como le gustaba a Pestalozzi), en la imagen (como le gustaba a Comenio), en los bajos fondos del pensamiento inconforme (como le gustaba a Bakunin); irrumpe con una propuesta (pero de las que le gustan al arte): la de una pedagogía con sentido del humor, esto es: una pedagogía con sentido del horror (a la represión), una pedagogía con sentido del honor (sí, el del sano derecho a sublevarse).

Memo ha conseguido una voz propia, sus dibujos son inconfundibles, sus placas del escenario escolar son recurrentes: el nerd, la niña ñoña y el infante terrible, junto al profesor represivo, son reiteradas, pero apelando a situaciones diversas, casi todas ligadas al afán omnipotente de los controles, de la represión, de una cotidianidad siempre amenazada, obstinada en marcar los cuerpos y la subjetividad de los ciudadanos en tránsito a una “integración” que terminará por desintegrarlos.

Además, Memo abre más tópicos de actualidad, el retorno de las ultraderechas, del segregacionismo racial y sexista, de la intolerancia. Y es ahí donde aparecen tres memos, el redondeado que repite a Serrat para demostrar que la escuela también es de cartón-piedra, para decir que la escuela es como los leones, que los exámenes son de degenerados...

Un segundo memo es un terrorista de la contraimaginación, es contracultural, explosivo, tiene cabeza de bomba a un paso de estallar. En su resistencia se ha tornado de una feroz amargura, la del dibujante ácido, la del contestatario, la del inalienable, la del trasgresor, la del que se crece al castigo, la del orgullosos, del grita: ¡No me presionen!

Finalmente está el memo de la radiografía, de carne y hueso, el camarada, el ocurrente, solidario, el chido, al que sin presionarlo le pedimos siga dibujando, sin importar que las buenas conciencias se molesten, sin importar que sus cartones sean los rayos equis del malestar escolar, sin importar que afortunadamente no todos los maestros sean como los pinta, sin importar que a veces todo sea un “lanzar piedras a la luna”.

Adorno decía que la tarea de la educación era impedir la barbarie a toda costa, pian pianito, memo ayuda desde su propia y caricaturizada barbarie. Y con eso nos regala desafíos y espejos de alegría, tan efímeros como eternos.

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