El cerro de las canicas


 El cerro de las canicas

 

René Cloir *

A don Cele

(Celerino Ruiz Pérez †)

arriero y campesino

cuya sangre mixteca

regresó al final del tiempo

a fecundar su tierra

con palabras

y recuerdos.

 

i

 

Aquilino regresa. Pasó la tarde entre el correr inquieto de cabras y borregos y sus furtivas y clandestinas huidas hasta el cerro prohibido, cuyo púrpura color ha evocado siempre en él curiosidad y asombro. Aquilino habita en los valles centrales de Oaxaca, en la región mixteca, en el “llano grande” de sus abuelos, en el Yanhuitlán de sus ancestros.

 

Con sus nueve años, gusta de jugar cualquier cosa que su imaginación provoque, pero, sobre todo, le encanta jugar canicas, esas pequeñas rocas pulimentadas por el agua de río o erosionadas a fuerza de sol y viento, que emanan un haz de fugaz luz al chocar una contra otra. Cuando juega, en la escuela o en el amplio patio de su casa, disfruta gozoso la admiración de sus amigos. Es hábil. Le es fácil hacerlas chocar una contra otra, no importa la distancia; simplemente, afina puntería, entrecierra el ojo izquierdo, coloca parsimoniosamente la canica entre sus dedos índice y pulgar y un proyectil raudo transita la distancia entre una y otra. Un choque sonoro de pequeñas rocas es el clímax de su triunfo. Y si alguno de sus amigos pregunta cómo es que ha logrado tal perfección en su juego, contesta parcamente “mi amigo es quien me enseña”. Nunca ha dicho más sobre ese anónimo amigo. Nadie sabe quién es o dónde vive, qué edad tiene, si asiste también a la escuela, o se haya confinado en alguna de las rancherías o caseríos que circundan Yanhuitlán. Nadie sabe. Tampoco él. A nadie ha dicho que lo suele encontrar, de improviso, en cada uno de sus furtivos viajes al cerro de las canicas; mientras busca las más bonitas, las mejor formadas, abriendo diligente la tierra con la punta de la tosca rama de ahuehuete que le sirve de soporte, aparece él, su amigo, ofreciéndole generoso sobre la palma de su mano un montón de redondas canicas y una pregunta a la que responde siempre afirmativamente: ¿quieres jugar?

 

 

ii

 

 

Su padre le suele regañar. Sobre todo desde esas tardes en que el rebaño de cabras y borregos que le había encomendado comenzó a regresar solo. A qué niño tan canijo

¿pus pos onde andas? Una advertencia acompañó al castigo: ¡No vayas andarte yendo por el cerro de las canicas, canijo! Aquilino no comprende por qué la prohibición de su padre; no ha recibido mayor explicación. Y, por el contrario, la abundancia de canicas y la compañía de su amigo le han llevado a mantener, todavía en mayor secreto, sus visitas a ese misterioso cerro.

 

 

iii

 

 

Una tarde Aquilino no regresó más. Sus padres y medio pueblo lo buscaron por todos los rincones de Yanhuitlán; por las veredas del cerro de los capulines; por todo el cerro de la concha; por el cauce del río de los zopilotes, llegaron hasta la loma taza; por cada rincón del llano grande. Y cuando alguno de sus compañeros de escuela se atrevió a sugerir que tal vez había ido al cerro de las canicas, los hombres y las mujeres se miraron con temor; y aunque fueron varios los que acompañaron a sus padres y sus tíos, sólo encontraron, en lo más alto de la loma, una rama de ahuehuete y un montón de llamativas rocas alrededor de aquélla.

 

De Aquilino, ni el menor rastro.

De su misterioso amigo, ninguna huella.

 

Decían los abuelos que el maligno gustaba de jugar canicas. Que en ocasiones se sentía solo y urgía compañía. Y que, a veces, por las tardes, casi entrada la noche, se solía escuchar el crujir de pequeñas rocas que se chocan y las risas de un niño que se pierden entre las veredas del purpúreo cerro que circunda Yanhuitlán…

 

 

 


*René Cloir, seudónimo de Celerino Ruiz Ramos, es profesor nacido en Cd. Nezahualcóyotl y mixteco por herencia. En este cuento evoca el breve recuerdo de una charla con su padre (Celerino Ruiz Pérez) quien, como muchos paisanos suyos, descansa al final de sus días en su tierra, Yanhuitlán, Oaxaca.

Regresé nuevamente a Yanhuitlán, Oaxaca, la tierra de mis padres. Pegué en el portal del pueblo este cuento, nacido de un vago comentario de mi padre. Repartí otras tantas copias en las escasas manos que encontré y alguna voz respondió solicitando el texto. Ojalá sea el inicio de una recuperación de la tradición oral de nuestra tierra.

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